3 de noviembre de 2008

Mi lucha

Mire compañero Mirabete, le confieso que lo que me ha referido sobre esa hermosa muchacha isleña, me dejó en un estado de envidia insana que ha carcomido hasta el fondo la placidez de este fin de semana largo gilbertense —hoy es feriado aquí no me pregunte por qué. Si bien mi vida en estos islotes semi-sumergidos está muy lejos del celibato y he tenido también mis aventurillas como quien dice; en honor a la verdad, a la única verdad, que es la realidad como decía el General, le tengo que decir con toda sinceridad lo siguiente: las féminas de estas tierras no son particularmente agraciadas.

No voy a recurrir al fácil recurso fascista de atribuirlo a la genética, no señor, creo más bien que la falta de televisión y de programas imprescindibles del tipo “Nadando con Tiburones por un Sueño”, ha hecho que estas pobres mujeres aisladas no tengan una referencia exacta de belleza femenina en la cual inspirarse. Para colmo de males, los hombres nativos tienen una arraigada costumbre por el asesinato fácil y a cuchillo que, créame, no le facilita nada las cosas al extranjero enamoradizo y casadero que arriba a este archipiélago remoto.

Aunque reconozco haber pasado soledad a mi llegada a las islas, con el tiempo y el constante fluido monetario que el gran Vizcacha Rohmer vierte mensualmente sobre mi cuenta bancaria, las cosas han ido cambiando y hoy en día se puede decir que mi casa a orillas del pacífico es referencia social inmediata para todos y cada uno de estos salvajes. Y todo se lo debo a mi vital espíritu de superación y a mi inclaudicable lucha por la causa social. Para darle una idea de lo que era esto antes de Badalume, sepa que cuando yo llegué a este atolón, al apenas bajar del avión en Bonriki International Airport descubrí, primero con pavor y luego con la sabiduría tan criolla que tenemos los que hemos nacido al sur; que este paraje olvidado de Dios no contaba con bares en los cuales la población de las islas pudiese dar rienda suelta a sus (aún vírgenes) deseos etílicos.

Piense que yo en pocos meses, armado solamente con esa inmensa sagacidad rioplatense (sin dejar de reconocer el invalorable apoyo logístico de Josepe, mi leal contrabandista filipino) he logrado que esta inculta prole micronesia, pasara de divertirse tontamente jugando al fútbol con cocos o fornicando en la playa en frente de todo el mundo, a compartir sanamente y en familia de la cerveza Quilmes Cristal y de los mas variados fernets autóctonos. Le digo sin exagerar que he logrado que me paguen hasta medio salario por estos brebajes vernáculos, y más de uno ha querido que entretenga a sus mujeres y a sus hijas a cambio del preciado líquido.

Por eso le aseguro Mirabete, no dejaría estas islas por nada del mundo; no se engañe por lo que le digo, no crea que no me gustaría tomarme un Obama’s Rising con usted recostado en una cómoda reposera inglesa y masajeado por bellas morenas como Yasmine en su playa de las 7 millas. Pero esta gente me necesita, sabe, creo haber sentido en estos meses lo que han sentido el General y la Señora en los albores de nuestro movimiento, la mirada agradecida del pobre es la más alta gratificación que un hombre bien nacido y peronista puede alcanzar.

Con respecto a su labor operativa, veo que ha sabido también enfrentar con habilidad e hidalguía la adversidad financiera que imagino le estaba ocasionando ese infame cheque tardío; y al mismo tiempo, ha podido con tanta verosimilitud convertir al a partir de ahora amigo Malas, a la gloriosa senda de los periodistas comprometidos con el modelo de justicia social y pleno empleo que Vizcacha Rohmer y Miucha Katrina han implantado para siempre en nuestro otrora injusto país.

Reciba cordialmente mi abrazo peronista.

Juan Argentino Badalume, aldea de Bairiki, atolón de Tarawa, República de Kiribati, vía Coconut Wireless Network

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