Estimado compañero Mirabete:
Ha sabido conjurar con maestría la pérfida jugada del destino que pretendió quitarlo de la vida y de su necesaria tarea en cyberespacio cada día más gorilón.
Dicho esto permítame decirle que más de una vez estuve a punto de caer en esa misma sucia trampa hormonal que acecha cual lobo a la inocente oveja desde el núcleo mismo de las polleras de estas nativas precoces e inescrupulosas. A diferencia suya pude entrever el peligro a tiempo, quizás por mi avanzada edad y experiencia en estos menesteres del deseo carnal.
Ahora procedo a narrarle lo sucedido esta semana aquí en Tarawa y que derivó en hechos que estoy seguro tendrán insospechadas ramificaciones en mi futuro y en el de todo el archipiélago. A los hechos me remito:
El jueves pasado era un día impoluto de mi abnegada encomienda Vizcachista y estaba yo plenamente sumergido en mi tarea operativa, con toda la concentración que merecía un artículo definitivo de mi pluma, que consolidaría para la historia a la gestión Rohmer-Katrina y demostraría con argumentos irrefutables, que estamos viviendo ahora mismo la era dorada de prosperidad que nuestros mayores soñaron al subirse a los barcos desde los más recónditos confines de este planeta.
El sol estaba en su cenit meridiano, el viento apenas entraba en el espacio de sombra proyectado por mi cocotero preferido y me acariciaba el bigote, y mis dedos martillaban y se deslizaban poseídos sobre el teclado de la Vaio en un frenesí tan creador y justiciero como sólo recuerdo en la época en que promediaba la escritura de mi más saludada obra literaria, la recordada y aplaudida: “Los días peronistas tienen noches bolivarianas”.
Pues estaba yo inmerso en ese éxtasis literario tan mío cuando de pronto veo a mi criada Tuutana, y apenas verla supe perfectamente que se trataba de algo serio ya que esta sobrealimentada nativa tiene prohibido so pena de muerte por decapitación interrumpir mis sagradas tareas operativas, mucho más cuando la expresión en mis ojos se asemeja tanto a la de Linda Blair en el exorcista como en aquel mediodía; así que mientras se acercaba sollozando y desafiando mis advertencias entendí con terror que un gran problema arreciaba puertas afuera de mi finca.
Resulta que con llanto en los ojos esta rotunda mujer me refería que estaba en la puerta a los gritos el señor Arobati Tawita, actual presidente en ejercicio de este país, y pretendía verme a toda costa con la excusa de que en uno de los islotes del norte el mar había subido unos cuantos centímetros y había dejado a la mitad de la población nadando dentro de sus propias casas; y para colmo de desfachatez, solicitaba mi hidroavión Cessna Caravan Amphibian con la idea de ir a evacuar a esta incauta gente sumergida.
Imaginese usted Alfredito si nuestro General (o en la época actual la compañera Miucha Katrina) se le iba a pasar por la cabeza solicitar descaradamente un hidroavión a un civil con el objetivo de salvar a gente que no había tenido la debida precaución de construir sus casas sobre oportuna tarima que es lo que hemos hecho desde siempre en la República de la Boca para prevenirnos de cuando el riachuelo se retobaba. Pero bueno, es inútil razonar con esta gente y resulta que muy pronto me vi cerrando sesión en la Vaio y sobrevolando el océano al lado del presidente Arobati rumbo al malogrado atolón nordestino.
Créame que lo que vieron mis ojos al acuatizar y entreverarme con mi Cessna por los senderos inundados del pobre islote fue lo más parecido a lo que el Dante describió hace siete siglos, y sin embargo, para mi total sorpresa y la de Arobati, esos rostros que asomaban apenas del agua, sonreían; sí, sus labios dibujaban un claro arco hacia arriba y dejaban ver todos los dientes que una inmemorial dieta basada en dátiles les habían dado, incluso saludaban con sus manitas mojadas y más de uno nadó hasta nosotros, poniendo en serio riesgo sus vidas bajo las hélices de mi Caravan, para recibirnos cual llegada de Madonna a Sudamérica.
Conclusión; que sólo pudimos salvar a dos o tres de los más limpitos —el tapizado del Caravan es rebelde de limpiar la verdad— y el resto lo resolvimos con un email y un link de google-maps debidamente adjuntado para que Cruz Roja se hiciera cargo de la situación; pero le digo que esta gente con sus ojos brillosos y embarrados me ha jurado desde ya lealtad eterna, y este jueves 27 de noviembre ha sido mi propio 17 de octubre, el día que los isleños recordarán por generaciones y generaciones como el día en que Juan Argentino Badalume los rescató del fango.
Hemos vuelto con Arobati hacia Tarawa con la satisfacción del deber solidario cumplido y con promisorios planes políticos compartidos de cara a aprovechar mi repentina popularidad entre los isleños, el presidente ha sugerido incluso entregarme en casamiento a su primogénita para de este modo yo obtener la ciudadanía y secundarlo en las próximas elecciones. No le contesté ni que sí ni que no, y sólo me limité a reconocer su sabia visión de estadista. Luego lo dejé en su casa, que está al lado de la mía por cierto, y he vuelto a pensar en el futuro: ¡Las islas me sonríen Mirabete!
Con respecto al tema de la infame copa perdida, se me ocurre comentarle que no entiendo como a nuestro querido compañero motonauta se le ocurrió involucrarse en tamaño fiasco; debió haberlo pensado dos veces antes de entregarle su futuro político a esa caterva de mantequitas de encordado blando. En fin, deporte gorila desde siempre, ¿Qué se podía esperar?
Reciba cordialmente mi abrazo peronista y mis mayores respetos a su señora esposa.
Juan Argentino Badalume, aldea de Bairiki, atolón de Tarawa, República de Kiribati, vía Coconut Wireless Network
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5 de diciembre de 2008
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